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31 ene. 2012

INNSBRUCK: ALEMANIA Y AUSTRIA.13


Sábado 16 de julio 2011

La carretera desde Garmisch, atraviesa las montañas que separan Alemania de Austria y descienden hasta el valle del río Inn donde se encuentra Innsbruck, prácticamente sin advertirlo ya nos encontramos nuevamente en Austria.
La carretera es de un asfalto perfecto y con curvas muy suaves lo que hace que circulemos en 6ª y con cierta alegría, pero de repente, sin darnos cuenta cambia la inclinación de la carretera. En poco tiempo nos encontramos descendiendo a lo largo de muchos kilómetros con rampas pronunciadas, anunciadas en las señales de trafico con desnivel hasta del 16 %.  En estas condiciones nos vimos rápidamente y de improviso en una situación muy peligrosa, sencillamente no podía bajar la velocidad de la autocaravana y mucho menos detenerla. Fui reduciendo velocidades a la vez que me empleaba intensamente con los frenos pero aún así seguía cogiendo velocidad sin remedio. Ni en segunda conseguía desacelerar y cada vez se lanzaba mas y mas. El cuentarrevoluciones llegaba a las 4.000 r.p.m. en segunda y seguíamos lanzados cuesta abajo. Los frenos ya no daban mas de sí, pero la alarma llegó cuando Flor detectó humo saliendo de las ruedas junto al inequívoco olor a frenos recalentados.



Fueron momentos verdaderamente angustiosos hasta que por fortuna localicé un aparcamiento de tierra junto a la calzada, justo en un tramo donde se suavizó el desnivel. A duras penas pude parar pero ni con el freno de mano quedábamos inmovilizados. Solo con el motor apagado y la marcha atrás insertada conseguimos detenernos del todo. Aviso a navegantes (de autocaravanas). No hay que dejar bajo ningún concepto que la autocaravana se lance cuesta abajo, porque son tres toneladas muy difíciles de detener, sobre todo si la calzada es tipo autovía, uno se puede topar de repente con un  fuerte desnivel. Son cosas que se saben pero en ocasiones el tipo de carretera te puede jugar estas malas pasadas.


Pues nada, a fumarnos un cigarrito para sosegarnos viendo desde allí el fantástico paisaje del valle donde se encuentra Innsbruck, todavía muy alejado de donde estábamos. Decidimos dejar pasar el tiempo que fuese necesario para que los frenos estuviesen perfectamente fríos y en condiciones óptimas. Recuperándonos del mal trago asistimos al espectáculo de un rosario de turismos que se detenían detrás de nuestra autocaravana, todos con el mismo problema, recalentón de frenos. Allí llegaron  Bmw, Audi, Volvos, daba igual, todos con el mismo tema, echando humo por las ruedas y con la misma cara de sofoco salían sus ocupantes a fumarse otros cigarritos, con lo cual, aquel aparcamiento se convirtió en un muestrario de transgresores.


En un momento determinado en que estábamos solos, se nos detuvo justo detrás, otra autocaravana italiana, y como no podía ser de otra manera, sus ocupantes salieron de la cabina resoplando y echándose las manos a la cabeza repitiendo una y otra vez, “pericoloso, pericoloso”. 
Aunque no fumaban entablamos rápidamente una agradable conversación, al ser italianos terminamos conociendo hasta el color de ojos de su nieta, “bambina marabigliosa”. Eran de Bolonia, volvían del Cabo Norte. Nos comentaron que les estuvo lloviendo día y noche durante cuarenta días sin parar, supongo que también de noche. ¡Vamos como el Diluvio Universal!. Nos enseñaron fotos y nos deleitaron con toda clase de detalles de un viaje tan largo, y así, con esta pequeña anécdota y la animada charleta, pasó el tiempo suficiente ( mas de media hora ) hasta que decidimos conjuntamente proseguir el viaje, ellos a Bolonia y nosotros a Innsbruck. ¡Addio, ciao, amigos!


Afortunadamente desde donde nos encontrábamos ya no existía el desnivel tan tremendo que habíamos bajado y ya casi nos encontrábamos en el fondo del valle del río Inn. Aun así no hacía otra cosa que ir probando los frenos hasta que volví a tener la sensación de circular con seguridad.
En Innsbruck no teníamos claro donde podíamos pernoctar. Me pareció adivinar lo que se supone era un área en las afueras, en Hall in Tirol. 


Llegamos a las coordenadas que había marcado dándonos cuenta que nos encontrábamos más alejados de Innsbruck de lo que habíamos pensado. Se trataba efectivamente de un pequeño pueblo y el área esta dentro de un camping. Schwimmbad Camping. Una zona reservada solo para autocaravanas en la entrada. Localizo el único sitio que quedaba. N 47º 17’ 04’’ E 11º 29’ 46’’. 15 €, No esta nada mal porque utilizas todos los servicios del camping, incluida la luz. El amable dueño del camping me facilitó un acople para enchufar con tres bornes con nuestro cable de solo dos, por una señal de diez euros que nos devolvería el día que nos fuésemos. 


Perfectamente instalados nos relajamos y decidimos dar un paseo tranquilo ya que era muy tarde para acercarnos hasta Innsbruck. Hall in Tirol y sus alrededores invitan a un paseo sosegado. Son imágenes que se te quedan grabadas para siempre. ¿Cuántas veces hemos visto tarjetas postales del Tirol?  ¿no hemos soñado alguna vez con caminar por esos paisajes idílicos?. Pues mira, aquí estamos. Las montañas cercanas, los prados verdes, los pueblecitos  salpicados por todo ese paisaje, en fin, por estos sitios te reconcilias con la humanidad.

El camino de nuestro paseo transcurría junto a la pequeña tapia de este cementerio, no os perdáis el apellido de toda esta familia ¿Serán parientes? 


Domingo 17 de julio 2011

En la recepción del camping nos informaron muy amablemente donde teníamos que coger el autobús, aproximadamente a unos trescientos metros. 3,10 € billete individual, total 12,40 euracos. Un poco caro para diez kilómetros. No llegamos hasta el final de la línea, sino que según iba entrando por la ciudad intuimos una de las paradas cercanas al centro. Bien es cierto que llevábamos un plano de la ciudad que nos enviaron a casa desde la oficina de turismo austriaca en Madrid. La página web es completísima para preparar cualquier viaje y con rapidez te envían gratis a tu domicilio más información de la que solicitas.
Pues con el plano en la mano comenzamos a deambular por sus calles casi desiertas, al ser domingo y algo temprano la tranquilidad era absoluta.


Quisimos comenzar por la calle mas conocida, María-Theresien-Strasse y empezamos a recordar que en un mes de septiembre de hace la friolera de treinta y cuatro años, caminábamos por esta misma calle en una tarde oscura, lloviendo a mares y nevando en las montañas. En aquella ocasión viajábamos con nuestra tienda de campaña canadiense en nuestro querido y recordado Citroen Dyane6. No existían Tom-Tom, los móviles, ni ordenadores y por supuesto tampoco Internet. Era la primera vez que nos lanzamos a viajar por Europa, había que sacar el pasaporte obligatoriamente, cambiar divisas para tres países diferentes, esto naturalmente a los jóvenes ni les sonará.  ¡Qué recuerdos! ¡qué viajes! ¡qué jóvenes éramos!. Ahora, traíamos un especial interés en pasar por Innsbruck y luego Salzburgo, con la perspectiva del tiempo y en las nuevas circunstancias con las que ahora viajamos, ¡qué ilusión!.

Hemos escaneado esta diapositiva de 34 años atrás, 

Con aquellos entrañables recuerdos caminamos como tonticos buscando la imagen más tradicional de Innsbruck, en esa misma calle la columna de Santa Ana erigida entre 1704 y 1706 por las Cortes del Tirol para conmemorar la defensa del ataque de las tropas bávaras, junto con el Arco del Triunfo y las cúpulas verdes renacentistas recortadas sobre el imponente perfil de las cumbres alpinas ofrecen la estampa más tipicamente tirolesa de Innsbruck.


Pero en esta ocasión, mira por donde, nos encontramos con enormes grúas que se recortan sobre la línea del cielo, estropeando toda posible bucólica perspectiva. Obras generalizadas por las principales calles más céntricas nos provocan un cierto regusto a desilusión en comparación a como lo recordábamos. 


Sabíamos que teníamos idealizado aquel lejano viaje, pero lo cierto es que las grúas, las zanjas, los vallados desviando la circulación, pululaban por todas partes, afeando o mejor dicho limitando encuadres  inevitablemente a las fotos que íbamos haciendo. ¡Que fastidio! Pero sin dejarnos llevar por el desánimo seguimos con ilusión para sacar el máximo provecho de ésta segunda visita. Los viajes tienen alma y cada viaje tiene su vida propia. 

Interior de la iglesia Spitalkirche

Caminando tranquilamente oímos hablar en español  y enseguida nos saludamos. Un matrimonio que también estuvieron por aquí siendo muy jóvenes y ahora volvían con sus hijos ya mayores.
A la vuelta de una esquina nos abordaron un nutrido grupo de italianos que al vernos con el plano en la mano debieron suponer  que sabíamos por donde nos movíamos. Nos empezaron a preguntar ¡¡todos a la vez!!. Unos que por donde se iba a tal sitio, otros que si estaba abierta la oficina de turismo, que donde habíamos conseguido el mapa de la ciudad. Con cierto sarcasmo les contesté: En Madrid amigos, hay que venir preparados. Estos italianos no se cortan un pelo, solo unos pocos se percataron  que no éramos compatriotas suyos y que les entendíamos a duras penas. Con el mismo ímpetu que nos abordaron se largaron. Chao, chao, “grache, grache”. Allá por donde iban se les oía desde bien lejos.


Llegamos a la orilla del río Inn que separa la ciudad menos conocida del casco histórico a la altura del puente Innbrücke que desde aquí si tiene unas vistas preciosas de esta parte de la ciudad recortándose siempre sobre las montañas cercanas que se empiezan a elevar allí mismo. Continuamos por una de las calles más típicas y comerciales, ya muy animada a estas horas y que desemboca en la plaza donde se encuentra el famoso tejadillo de oro, precioso edificio construido en 1420 como residencia para los príncipes del Tirol, por cierto que el balcón no es de oro, está recubierto por 2.657 tejas de cobre doradas. Siempre tan prácticos estos centroeuropeos.


 Se adorna con frescos en el balcón  y en la tribuna, escudos y relieves de bailarines terminan de embellecer este singular edificio. En esta misma plaza, aunque en realidad se trata de la prolongación de la María- Theresien-Strasse, se encuentra el antiguo edificio del ayuntamiento, el museo de la farmacia, la torre de la ciudad, torre con tejado renacentista, y la fachada de la llamada casa Helbling.


 Casa señorial gótica que por su singular belleza nos llamó poderosamente la atención, en la actualidad son viviendas particulares y locales comerciales.  Al contemplar la fachada de arriba abajo, la vista se nos detuvo en una heladería italiana como si de un imán se tratase. La perdición. Lo que iba a ser un “tentempié” de media mañana casi se convirtió en la comida del día. Se nos fue el apetito hasta que regresamos por la tarde al camping. El local era precioso y la atención del camarero, italiano, de lo más cordial y amable. Un gratísimo recuerdo.


Seguimos por las callejuelas medievales de esta parte de Innsbruck, muy comerciales pero muy bien conservadas, salimos de la ciudad vieja y desembocamos en unos espacios abiertos donde se encuentra el Palacio Imperial, el antiguo teatro de la Opera, la fuente de Leopoldo y el moderno Palacio de Congresos. Todo este conjunto imponente enmarcado por los jardines imperiales junto al río nos proporcionó unos momentos de descanso bien merecidos. Un buen rato allí tranquilos viendo las calesas de los turistas y el transcurrir de la vida apacible de los austriacos.


Ya a media tarde, de vuelta hasta la parada del autobús donde nos bajamos esta mañana, nos llama la atención una iglesia que se anuncia Jesuita, la vieja universidad, y entramos para ver si ofrecía alguna diferencia. Y no fue así, más austera y desprovista de ornamentaciones sí que estaba, debe ser que las riquezas de los jesuitas se acumulaban en otros lugares.


Nos parecemos un poco a los personajes de Hansel y Gretel, pero en lugar de miguitas de pan dejadas por las calles de Innsbruck para volver sin perdernos, hemos ido señalando en el plano todo nuestro recorrido. Nuestros móviles no pertenecen a la era moderna, solo tienen los tres botones, el negro el rojo y el verde, el GPS, ya llegará porque eso si que es práctico.

Sentido del humor autóctono

La duda que teníamos de vuelta en el autobús era acertar con la parada correcta en Hall in Tirol porque el bus no volvía por el mismo sitio. Nos bajamos en el pueblo y desde allí caminando, seguimos las indicaciones del camping que hay por la carretera. No está lejos pero eso es una apreciación positiva o negativa dependiendo de si se regresa mas o menos cansado.


El resto de la tarde a descansar en casa y disfrutar de nuestro “chalet rodante”.
Nos llevamos una sorpresa cuando después de una buena cena ( Por la hora, en España diríamos merienda-cena ) oímos música en directo que provenía de un complejo deportivo situado junto al camping. Era música muy buena y bailable. Nos animamos y fuimos a ver como eran las fiestas de los austriacos. Se trataba de un club de natación que celebraba el final de algún campeonato o algún evento semejante. La orquesta sonaba francamente bien, piezas de swing, fox-trott, y ritmos latinos. Cuando nos sentamos ya había anochecido y el fresco se dejaba notar, eso y que nadie bailaba sobre la improvisada pista de baile sobre la hierba, nos cortó la motivación para lanzarnos a mover un poco el esqueleto. No obstante solo con oír buena música ya se estaba francamente bien.




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1 comentario:

David C. dijo...

Hermosos paisajes. Gracias por compartir el post. Éxitos en el Concurso 20Blogs

Te invito a que visites mi blog en la Sección de Cine, se llama “Cine para usar el Cerebro”
http://cineparausarelcerebro.blogspot.com/

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